Mi obra no nace de una imagen cerrada, sino de una investigación persistente sobre el límite.
El límite entre la materia y la energía.
Entre el cuerpo y el territorio.
Entre lo visible y lo que permanece oculto.
Entre la desaparición y la resistencia.
Desde esa tensión se ordenan tres proyectos que hoy forman parte de una misma línea conceptual de trabajo: Territorios del Último Canto, Membranas / La Frontera Indómita y Latido Estelar.
No los pienso como obras separadas, sino como estaciones de una misma travesía pictórica. Cada una aborda, desde una materialidad distinta, una pregunta común: ¿qué forma adopta aquello que insiste en permanecer cuando todo parece extinguirse?
Territorios del Último Canto
En Territorios del Último Canto, la pintura aparece como paisaje extremo. No como representación literal de un lugar, sino como territorio emocional, ancestral y espiritual.
El “último canto” no es solamente una despedida. Es una señal. Una vibración final que todavía resiste antes de apagarse. Puede ser el canto de una cultura herida, de una especie amenazada, de una memoria colectiva, de una sensibilidad humana arrasada por la velocidad del mundo contemporáneo.
Trabajo allí con grandes superficies, veladuras, capas atmosféricas, zonas de fractura y campos cromáticos que parecen estar entre el agua, el hielo, el cielo y la ceniza. La pintura se organiza como un territorio en transformación: algo que se derrumba, pero todavía canta.
En esta serie, el soporte funciona como extensión del cuerpo y del paisaje. La obra no ilustra una pérdida: la encarna. La materia pictórica se vuelve resto, huella, sedimento, vibración.
Membranas / La Frontera Indómita
Si en Territorios del Último Canto aparece el territorio, en Membranas / La Frontera Indómita aparece el umbral.
La membrana es una frontera viva. No separa de manera rígida: deja pasar, filtra, resiste, respira. Es piel, velo, superficie, herida y pasaje.
Me interesa trabajar la idea de frontera no como línea política fija, sino como experiencia sensible. Toda frontera es también una pregunta: qué queda adentro, qué queda afuera, quién puede atravesar, quién queda detenido del otro lado.
En La Frontera Indómita, la pintura se expande hacia una dimensión más espacial e inmersiva. Ya no alcanza con mirar de frente. La obra necesita ser atravesada, rodeada, habitada. Las membranas funcionan como cuerpos suspendidos, como restos de una arquitectura primitiva, como señales de un territorio que no se deja domesticar.
La luz, la transparencia, la tela, la tensión del soporte y la escala construyen un espacio de pasaje. El espectador no solo observa una obra: se enfrenta a un límite. Y ese límite no es únicamente exterior. También es interno.
La frontera indómita es el punto donde la identidad se desarma y vuelve a construirse.
Latido Estelar
En Latido Estelar, la investigación se concentra en la energía interna de la obra.
La pintura ya no solo construye territorio o frontera: empieza a latir.
La luz aparece como una materia viva, no como un recurso decorativo. Su función no es embellecer la pintura, sino revelar una pulsación oculta. La obra respira en ciclos: se enciende, alcanza intensidad, desciende lentamente hasta desaparecer y luego vuelve a nacer.
Ese movimiento no es solamente técnico. Es existencial.
Hay una insistencia vital en esa luz que se apaga y vuelve. Una resistencia mínima, pero persistente. Un cuerpo que no acepta desaparecer del todo.
Latido Estelar lleva al extremo una pregunta que ya estaba presente en las series anteriores: qué queda de la materia cuando entra en contacto con lo invisible. Qué queda del cuerpo cuando se vuelve energía. Qué queda de la pintura cuando deja de ser superficie y se convierte en presencia.
La obra debe sostenerse en dos estados: apagada y encendida. Sin luz, debe existir como pintura autónoma, con fuerza matérica, cromática y compositiva. Con luz, debe revelar otra dimensión: una zona profunda, estelar, casi ritual.
Una misma investigación
Estos tres proyectos forman una misma cartografía.
Territorios del Último Canto trabaja el paisaje como memoria y desaparición.
Membranas / La Frontera Indómita trabaja el umbral como pasaje y tensión.
Latido Estelar trabaja la luz como energía vital y persistencia.
Territorio.
Frontera.
Latido.
Tres formas de pensar la misma pulsión: la necesidad de dejar una marca en el mundo antes de desaparecer.
Mi pintura nace de esa tensión entre lo primitivo y lo contemporáneo. Entre la cueva y el dispositivo. Entre el gesto ancestral y la tecnología lumínica. Entre la materia oscura y la señal encendida.
No busco representar lo salvaje. Busco permitir que lo salvaje actúe dentro de la obra.
Lo salvaje no como exotismo, sino como fuerza anterior a la domesticación. Como energía sensible, como resistencia espiritual, como zona todavía no colonizada por el lenguaje.
En este sentido, mi investigación pictórica se desplaza cada vez más hacia una obra expandida: pintura, instalación, luz, cuerpo, espacio y tiempo. La pintura deja de ser una imagen detenida para convertirse en experiencia.
Una obra puede ser territorio.
Puede ser membrana.
Puede ser latido.
Puede abrir un umbral.
Puede sostener una pregunta.
Puede dejar encendida una forma de resistencia.
Ahí se ubica hoy mi trabajo: en el intento de construir una pintura que no solo se mire, sino que se atraviese; que no solo represente una pérdida, sino que la haga vibrar; que no solo hable de la desaparición, sino que la enfrente con materia, luz y pulso.
Pintar, para mí, es eso: construir una señal contra el apagamiento.
Una señal indómita.