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¿Para qué pinto?

Hace un tiempo me hicieron una pregunta simple en una galería:

—¿Para qué pintás?

La respuesta parecía sencilla. Sin embargo, cuanto más pensaba en ella, más difícil se volvía.

Durante años creí que pintaba para encontrar un lugar. Tal vez para obtener legitimación. Tal vez para que alguien comprendiera aquello que muchas veces sentí difícil de explicar. Quizás una forma de aceptación para ese rebelde, ese inadaptado, que siempre habitó en mí.

Pero la respuesta no terminaba de convencerme.

Entonces apareció otra palabra: inmortalidad.

No la inmortalidad de la fama ni del reconocimiento. No me interesa tanto que sobreviva mi nombre como que sobreviva una huella. Algo parecido a lo que ocurrió con quienes dejaron sus manos impresas en las cuevas rupestres o levantaron monumentos que atravesaron los siglos.

Pienso en aquellas pinturas realizadas hace miles de años. No sabemos quiénes fueron sus autores. Sus nombres desaparecieron. Sin embargo, algo de ellos sigue ahí.

Su gesto permanece.

Su presencia permanece.

Su sensibilidad permanece.

Comprendí entonces que lo que me conmueve de esas obras no es su antigüedad. Es su capacidad para atravesar el tiempo y seguir hablando.

Quizás por eso pinto.

No para representar el mundo.

No para ilustrar ideas.

No para decorar espacios.

Pinto para dejar una huella de sensibilidad en el tiempo.

A medida que profundizaba esta reflexión apareció una certeza aún más importante.

Lo que busco preservar no es mi imagen ni mi biografía.

Lo que intento preservar es una forma de sentir.

Vivimos en una época que muchas veces nos empuja hacia la velocidad, la utilidad inmediata y la distracción permanente. Frente a eso, la pintura se transforma para mí en un acto de resistencia.

Una forma de defender la sensibilidad humana.

Ahí aparece Salvaje Indómito.

Con el tiempo comprendí que no es solamente un seudónimo artístico.

Es una figura simbólica.

Es la parte de mí que protege aquello que considera esencialmente humano: la capacidad de asombro, la emoción, la intuición, el misterio, la experiencia de lo sagrado, la conexión con aquello que no puede explicarse por completo.

Salvaje Indómito se rebela contra todo aquello que intenta domesticar esa sensibilidad.

La defiende.

La pone en evidencia.

La transforma en pintura.

Por eso me atraen los umbrales, las fronteras, los territorios inciertos, las grietas, las luces que aparecen y desaparecen, los últimos cantos y los paisajes abiertos.

No son temas.

Son símbolos.

Todos hablan del mismo lugar: el borde entre lo visible y lo invisible.

Entre lo conocido y lo desconocido.

Entre lo finito y aquello que parece eterno.

Tal vez por eso mis obras no buscan ofrecer respuestas.

Buscan sostener preguntas.

Buscan generar experiencias.

Buscan crear un espacio donde sea posible intuir que la realidad es más amplia de lo que habitualmente percibimos.

Si hoy alguien volviera a preguntarme para qué pinto, probablemente respondería:

Pinto para preservar una sensibilidad que considero esencialmente humana.

Pinto para dejar una huella en el tiempo.

Pinto porque siento que existe algo más allá de la superficie de las cosas y necesito acercarme a ello.

Pinto porque la pintura es la forma que encontré de dialogar con el misterio.

Y quizás, también, porque en cada obra persiste la esperanza de que una parte de esa búsqueda sobreviva cuando yo ya no esté.