Salvaje Indómito no nace como un nombre artístico pensado desde la comodidad de un escritorio. Nace después del aislamiento. Nace en el borde. Nace cuando el mundo se detiene y aparece la necesidad urgente de construir un refugio propio para no apagarse.
Durante la pandemia de 2020, mientras las fronteras se cerraban y la vida cotidiana quedaba suspendida, encontré en el Sylene algo más que un barco. Fue guarida, territorio mínimo, cuerpo flotante, casa provisoria y frontera contra el derrumbe.
Vivir a bordo no fue solamente una circunstancia. Fue una experiencia fundante. El barco me obligó a convivir con el silencio, con el agua, con la madera, con el óxido, con el ruido de la jarcia, con la humedad, con la soledad y con una forma distinta del tiempo. En ese encierro abierto, rodeado de río, empezó a aparecer una pregunta que todavía sostiene mi obra: qué queda de uno cuando el mundo conocido se apaga.
El rincón náutico de la isla del Club San Fernando se convirtió entonces en un territorio de resistencia. No era un taller formal. No era un espacio legitimado por el circuito artístico. Era un refugio precario, lateral, casi secreto. Pero justamente ahí apareció la fuerza.
Ese lugar fue transformándose en taller porque la pintura necesitaba existir. Las velas, las telas, los restos náuticos, los bastidores improvisados, la materia disponible y el clima del río empezaron a mezclarse con una necesidad interior: dejar marcas, descargar energía, construir señales.
La pandemia no trajo solamente encierro. También abrió una grieta.
En esa grieta apareció Salvaje Indómito.
No como personaje, sino como una zona de verdad. Una parte mía que ya no quería adaptarse del todo, que no quería volver dócilmente al orden anterior, que necesitaba defender una sensibilidad primitiva frente a un mundo cada vez más domesticado.
Salvaje Indómito surge como respuesta al apagamiento.
Surge del aislamiento, pero no para quedarse encerrado. Surge del refugio, pero para cruzar fronteras. Surge del río, del barco y del taller improvisado como una identidad pictórica que entiende la pintura como acto de supervivencia.
Pintar en ese contexto fue una forma de resistir. No una resistencia heroica ni discursiva, sino corporal. Manchar, raspar, cubrir, velar, dejar caer pintura, trabajar sobre superficies vinculadas al viaje y a la intemperie. La obra empezó a tomar la forma de una navegación interior.
De ahí viene la serie Pandemia 2020.
De ahí viene la insistencia por trabajar con territorios, fronteras, membranas y latidos.
De ahí viene la búsqueda de una pintura que no sea solamente imagen, sino presencia, resto, señal y refugio.
El barco fue el primer umbral.
El taller en la isla fue el primer territorio indómito.
La pintura fue la manera de no desaparecer.
Desde entonces, mi obra se organiza alrededor de esa experiencia inicial: la necesidad de construir un espacio propio en medio del colapso. Un espacio donde la materia pueda hablar antes que el lenguaje. Donde el gesto conserve algo de lo primitivo. Donde la pintura funcione como una marca contra el olvido.
No pinto para representar la pandemia.
Pinto desde la transformación que produjo en mí.
Pinto desde ese momento en que el aislamiento dejó de ser solamente encierro y se volvió revelación: había una fuerza interior que necesitaba salir, tomar cuerpo, ocupar superficie, encenderse.
Esa fuerza se llama Salvaje Indómito.
Rincón náutico 2020
Proceso serie Pandemia 2020
Rio Luján